16 de diciembre de 2008
Rabia
La rabia es un impulso poderoso. La rabia genera una energía que no vale la pena descartar. Canalizar esa energía de manera adecuada es lo más práctico, porque esa energía, que como bien se sabe no se destruye, puede explotar de otra manera y en el peor momento. Así que lo mejor que se puede hacer con la rabia es sacarla fuera.
Cuando uno decide sacar su rabia de las mismísimas entrañas donde la tiene bien pertrechada, de donde nunca se ha atrevido a dejarla salir, lo ha de hacer con todas sus consecuencias, sin calibrar. A ser posible sin dejar notar que queda un resquicio de debilidad o vacilación.
La rabia contenida es cancerígena. La rabia contenida anula. Nos impide pensar con claridad. La rabia que se canaliza en forma de acción como mínimo nos puede hacer reflexionar. Aunque sea a posteriori. Al menos, no habremos caido en el tremendo error de contenerla, comprimirla e ignorarla.

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10 de diciembre de 2008
Hoy
 comienza todo.

Tras mucho tiempo creyéndome ser lo que no soy.
Tras mucho tiempo apostando por ocupaciones equivocadas.
Tras mucho tiempo lamentando suertes siniestras, hoy, por fin, me decido a aprovecharme del todo.
Se acabó la lingüística-ficción. Se acabó el mundo académico y se acabaron los horarios absurdamente improductivos. Se acabó rendir cuentas a quien le importan un bledo las cuentas. Se acabó la sensación de ser inútil a quien desea de todos modos ser inútil, ser solo bonito, ser solo una marca de calidad. ¿Calidad? Miserable, inactiva, ilusoria. Desfasada, condenada a engullirse a sí misma. Adiós, RAE, adiós. Adiós años perdidos. No os voy a echar de menos.

Empieza la verdadera actualidad. Empieza el análisis productivo y empieza a la vez el disfrute. Empieza el control. La búsqueda empieza también. La búsqueda inmensa con ilusión y ganas de sacarse lo mejor de una misma. Algún talento tendremos por ahí escondido.

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30 de marzo de 2008
Dietas, por ejemplo
Sospecho que cada mujer conoce bien el tipo de dieta que es incapaz de seguir. Y que ha intentado mil veces a pesar de todo seguirla, con más o menos éxito...

Es fácil decidirse a hacer dieta cuando uno más o menos se ve que la necesita, pero en ese momento no tiene hambre. Te dices, “sí, me tengo que poner a dieta, me conviene” y haces firme propósito de seguir la dieta más estricta que se haya inventado. Todo esto por ejemplo en medio de una paz infinita y un convencimiento beatífico e insuperable. Y luego pasa un tiempo... y encuentras una tableta de chocolate... de esas que has probado y sabes que te encantan, que tiene el sabor y la textura tan cercana a lo ideal en un chocolate, que no empalaga mucho... Ah, señor, te dices “resiste, que se te irá directa al michelín”, resiste que te vas a arrepentir, vaa, solo probarla, solo un poco, un par de oncitas... Y las poderosas endorfinas que segrega tu cerebro al saborearla hacen que dejes de tener tan claro que te conviene hacer dieta al fin y al cabo.

Luego te pones a mirar en internet sobre qué sustancias adictivas y cuáles estimulantes contienen las tabletas de chocolate y en qué proporción aproximada. Ah, no te olvides de las sustancias simplemente saciantes, y de las dulces. ¡Señor! Hay todo tipo de información contradictoria. Junto a aquellas que proclaman las bondades del cacao como reconfortante del ánimo, quitapenas e incluso varita mágica digna de llevar en el bolso, las hay que te recuerdan con crueldad cuáles son en cuenta calórica y en lista de carbohidratos vacíos las cifras de tu tableta de chocolate. Además amenazan con consecuencias funestas tras su ingestión, tipo acné juvenil reavivado, siquiera por un desliz de onza de nada. ¡Panorama! Ante tal cúmulo de información difícil de procesar, decides conscientemente y en poder de todas tus facultades mentales, restringir al máximo el simple paseo por el mostrador de dulces y cacaos del súper.

Y en eso vas a una fiesta... Y de postre hay fondue de chocolate. De ese chocolate negro cuya apariencia y olor te hace directamente salivar. Catástrofe, catástrofe. Intentas ceñirte a los propósitos de carestía autoimpuestos y mojas levemente una fresa en el bol. La mitad de ella, apenas cubierta de salsa chocolatera, y te la comes, sintiendo de inmediato cómo mejora su acidez con esa capa de chocolate. Y tomas otra fresa, o un par más... un gajo de manzana... cuando quieres darte cuenta queda poca fruta en la bandeja, aunque por supuesto no has sido la única que ha dado buena cuenta de ella... Te dices, “estaba de muerte”, y por esa noche no das más vueltas al asunto dieta. Y luego se acaba el fin de semana, llega el lunes y te miras en el espejo con detenimiento... Sueltas una carcajada, pero vuelves a hacer firmes propósitos de enmienda...


(Fresas y chocolate, solo por ejemplo.)

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5 de marzo de 2008
Argumentos
De: Lucía
Para: Charlie
Asunto: Este sábado Impresiones Hola (sin asunto)

Hola Charlie,

Seguro que ya estás pensando que estoy loca o algo, te preguntarás porque no te he escrito, ni te he llamado, ni nada. Bueno, la verdad es que me ha costado trabajo no hacerlo no sé qué decirte, he andado liadísima, a veces ya sabes cómo son las cosas, nos llenamos de obligaciones de una u otra manera y


Hola, Charlie:

He estado tan preocupada con aquel asunto que te comenté y al que no prestaste atención del que te hablaba el sábado, ya sabes, el del curro y la boda de mi madre y todo eso, que me ha sido imposible ponerte un correo pero ya por fin me he decidido me cojo unos minutillos y te respondo. No tengo ni idea de cómo empezar No sé si estarás de acuerdo conmigo en que esto tenemos que hablarlo en que las cosas se han liado un poco, tal vez se nos han ido de las manos totalmente un poco más de lo que habíamos planead

Querido Charlie:

Te he querido escribir pero me ha sido imposible, por dos causas. Una, no sabía qué decirte, pero quería decirte algo. Dos, prefería casi que ninguno dijera nada. Pero como no puedo parar de pensar en esto desde hace tres días, me decido a escribirte, sobre todo porque no quiero que pienses que para mí ha sido una experiencia sin más, porque en fin, la verdad es que sigo tocadísim

¡Hola, Charlie!

¿Cómo andas? Yo he tenido un día de esos de no desear a nadie... Menudo cansancio arrastro desde el sábado y eso que ya estamos a jueves :-) Bueno, solo te quería escribir para enviarte una canción que a mí me gusta mucho, escúchala con atención y ya me dirás ;-) Escríbeme pronto, ok? Si tienes un rato, me llamas escribes, vale?

Adjunto: c'est la vie.mp3

Querido Charlie,

La verdad es que no me explico cómo ha pasado ya una semana. Se supone que mañana nos vemos y no he sabido nada de ti, ni tú de mí, ni uno del otro, ni el otro del uno, ni nadie ha llamado a nadie ni cristo que lo fundó, pero coño, ¿es esto normal?
Hum, yo no lo creo nolocreonolocreonolocreo , a ver, por lo menos un sms, algo, qué listo, qué duro, yo estas cosas no las digiero así como así, mierda, tú no sé qué piensas, ¿piensas?
?????? xhlkjh´pqsjçdpokmxlº,`cpoke2fp`k,mcñekm`p

..................

De: Charlie
Para: Lucía
Asunto: Mañana


Hola, Lucía, me muero por verte mañana.

Besazos,

Ch.

P.S.: ¿Has estado sin internet?


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Lo pensó A. a las 22:24 | Enlace a la entrada | 8 Comentarios
17 de febrero de 2008
Fragancias, aromas, perfumes
Voy en metro medio dormida y de repente despierta mi olfato. Huele familiar. Huele parecido a alguien: no a algo, sino a alguien. Huele a alguien a quien he olido antes. Quién, quién, quién. Busco pistas en el origen del olor, que tampoco encuentro. ¿Quién ahora, quién? Puede ser ese señor de enfrente bien trajeado y peinado, con maletín. Mmm... no, un poco lejos en alcance. No puede ser el de mi derecha. Es demasiado adolescente y demasiado seguidor de la moda pantalón de cadera bajísima. Huele a persona adulta, en concreto huele a hombre adulto perfumado y estoy segura de haber olido este perfume en algún hombre adulto, pero sin embargo no puedo jurar que sea en los hombres adultos que estoy acostumbrada a oler, lo cual me inquieta un poco. Esto incluye a mis compañeros de trabajo e incluso a los vecinos de mi comunidad un domingo soleado por la mañana. Yo me quedo mucho con los olores y si me pinchan, cito el nombre de las colonias. Ay, qué mal, qué poca duda me cabe de conocer este perfume. Aunque.. ya voy cayendo...

Puede ser... puede ser... sí, puede ser perfectamente. Huele como ese tipo nervioso de la clase de baile del otro día. Sisisisisi. Tal cual, tal cual. Es una colonia de hombre fresca pero no muy cara, de aquellas que bastan poco y cunden bastante. Por alguna razón que mi mente trata de descodificar ahora ese olor se me ha quedado grabado. ¿Quién, quién, quién la está llevando aquí en este vagón? No puede ser la chica de mi derecha, insisto en que es un olor masculino. Tampoco creo que sea de aquel jubilado cansado. Es un olor treintañero-cuarentón. Bueno, puedo ampliar desde los veinticinco a los cincuenta, pero los primeros ya con trabajo y casa propia. No detecto al portador de la fragancia y me pone nerviosa, suelo percibirlo rápidamente. De lo que estoy prácticamente segura es de que mi recuerdo proviene de la pista de baile. Coincide bien, uno destila vapor y olor cuando baila, evidentemente merece la pena perfumarse antes. Los recuerdos olfativos son poderosos y persistentes, y además surgen de repente, como un mazazo, como una sorpresa que dice, eh, has tenido una experiencia olorosa parecida. Tengo que encontrar al nuevo portador.
Estamos cambiando de parada. Mis candidatos se van alejando hacia la puerta, lo cual me impacienta: casi soy capaz de levantarme, ceder mi asiento y situarme detrás de un par de nucas, tengo que descartar; pero me contengo y quedo quieta, fracasada. No lo voy a detectar. Qué frustrante.

Intercambio de pasajeros en la estación de Avenida de América. Suben, bajan, se sitúan, sientan y abren libros. Mi olor se ha disipado... ¿se ha disipado? ¿No? ¿Han subido OTROS candidatos al olor? Dios mío, debe de ser una colonia en oferta. A ver. Quizá ahora el olor lo porta el padre de familia que se me ha sentado al lado. También concuerda. O puede ser aquel un par de asientos más allá, aunque le sobran las bolsas de rebajas. Me estoy declarando rendida por momentos y solo me quedan un par de paradas.

Me levanto y recorro el vagón. Busco una salida cercana a la escalera automática de mi parada, aún con el olor, la frustración y las preguntas en la mente. Y entonces, cuando he pasado un par de puertas, caigo. Lo encuentro. Lo detecto. Me río. Posiblemente, casi nadie lo percibe de todas maneras, ese ambientador que ponen ahora en la línea 10. Me encantaría conocer al responsable de tal decisión aromática: me lo llevaría a bailar.

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Lo pensó A. a las 16:21 | Enlace a la entrada | 3 Comentarios
8 de octubre de 2007
El entusiasmo
El entusiasmo es como la fruta.

Madura...
y luego se pasa.











Actualización: Livia, te regalo la frase para tu blog.

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Lo pensó A. a las 18:11 | Enlace a la entrada | 4 Comentarios
5 de septiembre de 2007
Baja laboral
- ¿Has visto? No ha venido Adriánez.
- Sí, le dieron por fin la baja por cabreo.
- Pff, al final era por cabreo. Lo siento mucho por él, la verdad es que lo del cabreo es muy chungo.
- Pues sí, pero qué quieres que te diga, me alegro de que se la hayan dado, el tío no podía más. Mejor así, además.
- ¿Por?
- ¿Tú sabes lo contagioso que es eso? Uf, no quiero ni pensarlo.
- Ya, es verdad... Me pregunto si en el período de incubación eso se pega. Estuvo sin confirmar varios meses.
- Puessss... Vanessa andaba rarilla, no sé yo. Ha puesto una mueca a Sánchez que para qué. Casi he tenido que pedirle que se pusiera la mano delante.
- Huy, suena mal. Cuando no te da tiempo a reprimir mueca, ni siquiera en reunión, suena mal.
- Yo no sé qué enseñan ahora. Cuando yo era niño, si se me ocurría muequear sin la mano delante o sin mirar a un lado, me caía un sin cena como escarmiento.
- Ya. Bueno. No empieces con tu infancia otra vez. Es solo una mueca, se le puede haber escapado. No quiere decir necesariamente que esté afectada. Además lo de Adriánez es cabreo profundo. Un cabreo profundo no se coge así como así, ni aunque pilles veinte muecas.
- Joder, cabreo profundo. Lo menos seis meses de baja se va a tener que chupar. Si no un año. Ya lo verás. Y normalmente, estas cosas tienen recaídas.
- Coño. Aún me acuerdo cuando nos decía que no daban con ello, que no sabían, el pobre.
- Llegaron a diagnosticarlo de ansiedad, tú fíjate, casi se muere cuando se lo dicen.
- Gilipollas de médicos de familia. Si la ansiedad ya solo se tiene en el tercer mundo.
- Creo que las vacunas están empezando a fallar, eh.
- No jodas, tío. Se la puse a mis críos hace un par de años.
- Hay cepas resistentes. Y te puedes imaginar de dónde vienen.
- No sigas por ahí, que te conozco.
- Si yo no digo nada. Pero ahí tienes al pobre Adriánez.
- Sí, pero no irás a comparar con la ansiedad, qué barbaridad.
- Ya. Al tiempo. Está claro que es por abusar. La gente no ha respetado nunca las normas para tomar ansiolíticos y ahora no hacen efecto. Qué mierda.
- Bueno, quiera el santo Señor que no los necesitemos. Pero he leído que están desarrollando uno que es una bomba. Te quita síntomas de un plumazo, lo están experimentando en Brasil.
- Los síntomas y la personalidad, eso creo.
- ¿Y? ¿No serás uno de esos fundamentalistas de la personalidad?
- Bueno, no sé. Tal vez si Adriánez hubiera conseguido un poquito, para emergencias, tal vez ahora no estaría de baja por cabreo profundo.
- O tal vez nunca habría entrado a trabajar aquí, más bien.
- Bueno, también...
(...)
(...)
- Anda, cortamos ya, que tengo mucho lío.
- Venga. Apago y nos vemos.

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Lo pensó A. a las 16:56 | Enlace a la entrada | 4 Comentarios
9 de julio de 2007
Habilidades perdidas
Hace poco conté a un estrecho amigo -no a cualquiera puedes revelarle ciertas carencias como esta que relato- que, tras un año en posesión de un coche automático, probando a conducir uno de los de cambio manual de toda la vida, se me había calado un número vergonzante de veces, entre la subida por la calle lateral y el párking del supermercado. No le expliqué, tampoco era cuestión de automortificarse en exceso, que además la primera marcha decidía ir completamente a tirones y la segunda solidariamente, también. Solo a partir de la tercera era capaz de hacerme con el coche y eso en ciudad, yendo al Mercadona, tiene poco futuro. Prescindí también de detallarle cómo los intermitentes con voluntad propia de este coche me ponían nerviosísima, cómo tardé dos semáforos en encontrar la posición "estate quieto" del limpiaparabrisas, cómo anocheció y él solito decidió poner las luces, lo cual me generó cierta angustia por si había tocado otra tecla que no debía, y cómo sufrí para aparcarlo, debido a que la marcha atrás, marcha que por cierto también poseen los coches automáticos, ni estaba en el lugar acostumbrado ni engranaba como debe hacer una buena marcha atrás educada.

Me respondió con un alegato en defensa del hombre primitivo, destecnificado y autoabastecido, que procura recurrir en un sentido mínimo a cualquier “extensión de la persona” con el fin de nunca tener que lamentar habilidades perdidas. En su lista se incluían en el mismo nivel los GPS, las gafas para ver de cerca, el aire acondicionado, la picadora-batidora y la música en mp3, además de ciertos nuevos sistemas operativos pronto ubicuos sin remedio, las afeitadoras eléctricas y el agua mineral. Como conduzco desde hace 20 años, como el coche de marras lo único que no tenía automático era precisamente el cambio y sobre todo, como adoro el debate, que siempre me pone mucho, he querido echarle una reflexión al asunto, bien sea para darle la razón, si la tuviera, bien sea para quitársela, por atreverse a meter en un solo saco tanta habilidad perdida junta. Vosotros diréis.

En primer lugar, establezcamos una separación: las habilidades perdidas son un poco distintas a las nunca poseídas. En mi caso, digo muchas veces que cuando repartieron el sentido de la orientación yo no estaba allí. Así que por ejemplo, una extensión de mi persona tipo GPS me vendría de perlas y de hecho me hubiera salvado de no pocos disgustos. (Lo sugerí como regalable en aquel mi cumpleaños de cifra redonda, pero al parecer es un objeto con poco glamour). Una segunda línea divisoria la marcan las habilidades perdidas-pero-recuperables (el juego pedal-embrague, espero que sea como lo de montar en bici) y las habilidades perdidas-inexorablemente-para-siempre (el caso de la visión de cerca, con su consiguiente uso de diversas otras prótesis). Además tenemos las no-habilidades nunca perdidas (la habilidad de no pasar calor en verano, la habilidad de no intoxicarse con el agua del grifo, que todo llegará), muy cerca de las habilidades no-necesarias pero facilitadoras de la calidad de vida (donde entra la habilidad de picar cebolla o pepinos o carne de pollo con éxito, y también la habilidad de calentar la comida de la nevera en un minuto). Por último y no menos sustancial, podemos citar la habilidad en general de entretenerse y ocupar el ocio de manera satisfactoria, que implica desde machacarse en la cinta de un gimnasio por diversión hasta trascender de placer escuchando en un iPod lo mejor de Ralph Haagens.

Digamos que, puestos a recuperar habilidades perdidas, las habilidades nunca poseídas son curiosamente las más fácilmente recuperables. Basta con hacerse con el gadget en cuestión que nos las "devuelve", et voilà!: ya estamos orientados los patosos, organizados los caóticos e hipercomunicados los más tímidos. No nos habíamos dado cuenta de lo mucho que nos estábamos perdiendo sin una ADSL. Aquellos sin demasiado don de palabra hoy lo tiene más fácil gracias a los satélites e internet. Y una vez se nos dota de esa habilidad, habilidad de la que no teníamos pista alguna y sin la que vivíamos más o menos adaptados, no queremos dejar de poseerla: adónde si no iría a parar el mercado de las PDA, los GPS, los móviles e incluso los blogs. Paradójicamente, son estas habilidades que nunca poseímos precisamente las que nos vuelven más agónicamente dependientes: adictos a las baterías, a las actualizaciones y ansiosos de toda nueva versión del cacharro-extensión de nosotros mismos. Se provoca así un hipermovimiento en el mercado, que en efecto genera más necesidades-habilidades vacuas y superfluas, para caer finalmente en la habilidad-necesidad de estar permanentemente renovado, modernizado y supervitamino-mineralizado.

Sin embargo, aquellas habilidades que hemos perdido de verdad, que suelen, mira por dónde, tener que ver con la edad, o en su defecto con la salud, son las que más reacios somos a aceptar y también a incorporar a nuestras vidas en su variedad artificial. A ver si no. Esas y no otras, son las auténticas habilidades perdidas. El resto de los cacharros tecnológicos que nos hacen la vida más necesariamente cómoda no nos han robado ninguna habilidad: sencillamente, hay cosas que antes dábamos por sentado que resultaban penosas y tirábamos con ellas. Hasta que un inspirado nos tocó en el hombro y dijo "no, mira, mejor de esta otra forma". Por no hablar de que nuestros hijos nacen ya con esas "habilidades artificiales" incorporadas en su código genético: dudo que cualquier niño de menos de diez años y de nuestro hemisferio sepa, por ejemplo, utilizar un teléfono de dial, se explique cómo puede relacionarse uno sin televisor o consola de por medio o en muchos casos, se atreva a beber algo no embotellado. A Watt le decían que la excesiva velocidad de los ferrocarriles pararía el ritmo cardíaco. A nuestros niños, que demasiado tiempo sentados con la consola los volverá obesos.
Ya veis. Cuestión de vectores de movimiento. Menos mal que alguien inventó la Wii.

Qué será de la pobre Anna Gurbanova
cuando pierda esta habilidad...

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Lo pensó A. a las 22:05 | Enlace a la entrada | 2 Comentarios
5 de julio de 2007
Verano, helados, tropiezos
Es verano, definitivamente. Tengo un comunicado que hacer al respecto: detesto los tropezones, en cualquier textura, sabor o sustancia a la que se agreguen. Me parece malvado que estén de moda los yogures con trocitos de fruta sintética masticable, mi mermelada favorita es la gelatina pura, sin pedazos visibles ni semillas de ningún tipo y sufro porque en las heladerías ya no hay helado de chocolate que no contenga pepitas de grasa oscura que saben a margarina, porciones de sucedáneo de galleta americana o cualquier otro tipo de relleno flotante, creado únicamente para ahorrar crema de helado de chocolate liso, como toda la santa vida.

Los tropezones en las venas se llaman trombos y matan. Los tropezones en el tráfico rodado se llaman atascos y ponen de fatal humor. Salvando los de las croquetas de jamón, los tropezones incordian infinitamente. Ocurre lo siguiente: en las croquetas, los tropezones de jamón son la esencia misma de la croqueta. Se trata de comer trozos de jamón envueltos agradablemente. Sin embargo cuando quiero un helado, o un yogur, quiero esa textura cremosa y agradable que puedo tragar sin esfuerzo alguno, ¿a quién se le ocurre ponerse a masticar un helado, un yogur, mermelada? ¿Dónde está el sentido de los zumos con pulpa? ¿No existen ya las tabletas de chocolate, la fruta en pieza, las galletas, si apetecen estas variedades sólidas? ¡Que manía con molestar, estorbar, incomodar al personal, transformar experiencias deglutidoras agradables en carreras de obstáculos! El día que -y seguro que lo verán nuestros ojos, o nuestros hijos- la horchata la hagan con tropezones de chufa, ese día emigraré a Japón. No creo que el sake tenga jamás trocitos de nada flotando. Los japoneses son muy elegantes.

Opino que la siniestra moda del añadido gratuito e insulso se debe a motivos estéticos. La moda de lo recargado ha ganado el pulso por goleada al minimal art y en cada túnica estridente neohippy campan por sus respetos cachemires y faunaflora silvestre varia. Maletas, carritos de bebé, globos y otros objetos lisos de toda la vida comienzan a fabricarse estampados diversamente. Nada en contra. Son objetos de enseñar por ahí, objetos de presumir de gusto postmoderno. Pero hombre, yo lo que quiero con un helado es comérmelo. No quiero un efecto artístico, ni que se combine con estilo contra mis pecas o mi camiseta de Desigual. Quiero disfrutar y no luchar contra él. Quiero su sustancia, su esencia, lo quiero PURO, sin mácula. Quiero mi helado de chocolate LISO y creo que ya no existen: es una tragedia.









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28 de mayo de 2007
Uf
Otra vez he soñado con mi otro yo. Tengo un otro yo que vive en mis sueños, como suelen hacer todos los otros yo educados, y que se atreve poco a asomarse a las vigilias; solo lo hace en raros momentos de euforia o en todo caso invocado por alguna sustancia química. Mi otro yo (¿debería decir mejor mi otra ella?) ha luchado esta noche nada menos que con la gerente de mi empresa, que le ha preguntado por sus ocupaciones varias -por todas- y además, ha prometido regalarle un banco de carpintería apenas usado que guardaba en el trastero. Ni idea, oye, pero tal cual se lo ofrecía a mi otro yo. Yo -es decir, el otro yo (¿o debería decir mejor la otra yo?)- lo he aceptado con poca perplejidad y a continuación he serrado los barrotes de su cama, debajo de la cual la gerente de mi empresa escondía unas acuarelas patéticamente kitsch obra de su marido, un señor importante si bien bastante anciano que le roncaba al lado. No es que se enfadara, la gerente digo, el problema era que ya no podía esconder bajo la cama las acuarelas ni yo por otro lado podía alabarlas más, ya que la magnitud de los ronquidos de su viejo, muy viejo, cada vez más viejo marido nos impedía seguir con la civilizada conversación.

Cualquiera podrá fácilmente deducir que la gerente me ha puesto de patitas en la calle pero eso sí, con profusión de buenas palabras y promesas de futuro en el mundo exterior. No importa. Lo que me preocupa es cómo reacciona mi otro yo: coge y se va con Amado Alonso. Sí, ahora lo recuerdo perfectamente: era Amado Alonso el anciano marido de la gerente.

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Lo pensó A. a las 22:20 | Enlace a la entrada | 10 Comentarios
19 de marzo de 2007
Nada casual
Cada mañana, cuando bajo del autobús hacia la oficina, me cruzo con el paseante de perros. Es paseante de un pastor alemán y un husky de ojos claros sin correa. Hace poco tiempo reparé en que eran precisamente un husky y un pastor.
En mi barrio me cruzo a menudo con otro paseante de husky y pastor alemán, también paseante sin ataduras. No son el mismo paseante ni los mismos perros; los perros del paseante de Recoletos parecen más viejos, en especial el husky, que da pasos lánguidos y achacosos lejos de su paseante. Los perros de mi barrio tampoco son jovencitos. Tienen los cuatro perros un mismo porte dócil, curtido y obediente. Y los paseantes se parecen, con su aire rasta sin techo. Voy en bici un sábado y me cruzo con mi paseante del barrio por el parque. Bajo del autobús y me cruzo con mi paseante de las ocho de la mañana. Esta coincidencia de razas, aspectos y modos de pasear sigue asombrándome cada mañana y cada sábado.

Las casualidades no existen, o existen poco. A menudo cuando caigo en la cuenta de que se está produciendo una, miro hacia otro lado mentalmente: no quiero saber la causa. Es posible que no me acuerde de su cara, pero lo he visto: sí, bajé el otro día en su misma parada. Se perdió entre la mucha gente que cruzaba el Paseo de la Castellana en dirección opuesta a la mía y se parecía asombrosamente a mi padre. Asombrosamente.
Cuando iba sentada frente a él, esa certeza, el parecido inverosímil del viajante con mi propio padre, y por lo tanto, conmigo misma, me trastornó tanto que me vi obligada a decidir bajar en su parada. Sí, lo haría. Lo seguiría y averiguaría si mi abuela tuvo otro hijo, tal vez mi padre un mellizo, era la posguerra. Bajó apoyado del brazo de una mujer, de edad aproximada, tal vez poco mayor, su pareja sin duda. Durante el trayecto no habían cruzado una palabra. Él leía, no un periódico de los gratuitos, sino un buen libro: leía Niebla, de Unamuno. Un Niebla de la exacta colección morada de Austral que mi padre conserva en la biblioteca del salón. Pude observarle con toda la desazón que me permitió mi creciente nerviosismo. Las mismas cejas pobladas y puntiagudas, imposibles. Los ojos algo hundidos, más grises ahora que castaños. Las pecas que ya son manchas, exactas en una cara morena. Los labios finos. Un peinarse canas a lo Charles Aznavour. Un definitivo tono de voz parecido, quebrado y manso. No quiero saberlo, pero tengo que seguirle.
Tuve que seguirle.

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Lo pensó A. a las 12:20 | Enlace a la entrada | 5 Comentarios
9 de marzo de 2007
Sentimientos anónimos y pasajeros repentinos

Me he enamorado. En el metro. Como en la canción de James Blunt. Solo que él no era beautiful. ¿Puede un chico ser beautiful? Una chica es preciosa. ¿Es precioso un chico? Una chica bonita. ¿Un chico bonito? Oh. Verdad que no. Les da un toque como inanimado, cosificante. A nosotras solo nos da un toque bonito. Cosa más injusta. Bueno, pues eso, que me he enamorado.

Él, ni bonito ni precioso, era sin embargo polaco o así. Ruso como mínimo. Sentada como iba, me he enamorado a la altura de los pantalones, lo cual es una forma directísima de enamorarse, pero de eso solo me he dado cuenta al final, eh. No sentía ese enamoramiento irreductible mientras le contemplaba las armaduras, ni las zapatillas poco gastadas, ni la camiseta apretada prieta y de olor deportivo, lo prometo. Yo iba muy ocupada mirando el reflejo de la mirada embobada de mi vecino de asiento en la ventana vacía de enfrente. Sus ojos fijos en el canalillo descarado de la pasajera situada en diagonal. Oh, qué mirada la de mi vecino, y qué canalillo el de la pasajera. Incluso a mí me atraía la vista sin remedio. Una uve invertida perfectamente redondeada, bajando justo en medio de ese top negro más bien caído, cuya dueña se afanaba inútilmente en retirar hacia arriba: está claro que hay tops hechos para que se resbalen aposta. La chica, novio en ristre, era totalmente apática a las miradas de mi vecino y de toda la fila de enfrente, miradas de envidia de nosotras, de lujuria de ellos. Era así, era “el canalillo”. Y justo en esas llegó mi chico.

Precisamente a la vez que el violinista, rumano posiblemente, de oronda barriga cervecera, botones saltados en la camisa y faz rubicunda, portando un violín mugriento que sin embargo, sonaba un aceptable bésame mucho. Mi chico y su amigo extranjeroparlante como él, le contemplan con un poquito de sorna. Tsk, tsk. Eso no está bien. Que igual sois compañeros de ventanilla de papeleos legalizadores. Joder, ha dicho el amigo calvo cuando otro pasajero menos inmigrante le ha empujado, digamos que sin querer. Entonces pego mi oreja. Pero no capto sentido alguno. ¿Tal vez joder se dice en ruso también joder? Me da rabia no entender la charla de quien ha desviado mi atención fuera del interesante estudio sociológico que sostenía.

Las miradas lujuriosas ya no son mi tema: de los reflejos de enfrente, ahora difíciles pues el vagón se ha poblado del todo -bueno, nunca es “del todo” en un vagón de metro, es una ley física que merecería la pena estudiar- paso a la rubiez bigotuda de mi chico deportista. Me pregunto qué deporte le tendrá tan aficionado. Músculos trabajadísimos. Calculo que muy muy inmigrante no sería, a juzgar por el iPod que calzaba en las orejas, la marca poco popular de sus zapatillas y bolsa , y el corte de pelo más que moderno, hum. En este punto siento una satisfacción repentina. Da gusto esto del metro. Contemplar al resto de los viajeros con total impunidad y sin discreción alguna, cuando hay otros puntos de atención poderosos, a saber, la oronda barriga violinista y el canalillo. Proporciona una especie de poder estimulante, el saber que puedes, qué sé yo, rascarte la nariz o la pierna o lo que tengas a mano, consciente de que nadie te prestará atención. Ponerte por ejemplo a adivinar no ya la edad de los viajeros, a base de contemplar cada detalle de su anatomía, bah, eso ya está muy gastado. Ponerte a calcular la edad de sus gafas, por ejemplo. Esa chica lectora que se agarra a la barra como si no le molestaran los acordes agudos del violín ni el arco que casi se le mete en los ojos, son post Coixet, en pasta gruesa y rojas, muy de temporada. Mi vecino el hipnotizado, las lleva grandes y de metal, buf, lo mismo tienen ocho o diez años. Las gafas del amigo calvo de mi chico, ¡un momento! ¡Este antes no llevaba gafas! Dios mío, me he perdido algo. ¿Cómo he podido distraerme tanto? Vuelvo la vista a mi chico. Él no se ha calzado gafas, menos mal. Eso me pasa por distraerme en alimentar mi ego observante. Ahora me fijo más en él, directamente en él, dejándome de vestimentas y accesorios musicales. Es como muy del este, no sé si se me entiende, ese tono de piel lechoso pero quemado, ese color rubio pajizo y esa manía de llevar bigote en una cara que no se lo merece. Esos ojos azul claro claro, pequeños y semiescondidos además, por culpa de un estilista aburrido, remarcando su timidez o bien su metrosexualidad. Todo a base de echar la mitad del pelo hacia delante, prolongando más allá de lo lógico un flequillo que crece hacia cualquier lado que le dejan. Unas patillas medianas, tipo finales de los setenta, que por suerte gracias a su claridad no destacan demasiado. No me he parado hasta ahora en considerar la altura, sentada como voy. Pero es bastante, su brazo agarrado a la barra que cuelga del techo forma un ángulo casi recto.

El violinista da por terminado su repertorio y saca su gorrillo de recaudar. Otra vez observo una sonrisa de sorna en el amigo calvo de mi chico. En fin, que ya te lo he transmitido, cariño: no está bien. Cállate, mira hacia otro lado, haz como si no hubieras tenido orejas mientras sonaba su violín, no le devuelvas esa sonrisa llena de dientes blanquísimos (misterios de la vida) que te pone. Pero burla y sorna, a un compatriota de bloque, por favor. El violinista no recauda mucho y no sé, me da la impresión de que cuenta con ello, no pierde la sonrisa, ni la compostura ni la orondez.

Entonces ocurre. Mi chico coge y saca una billetera de algún recoveco entre su camiseta y su tabla abdominal. Rebusca y detiene al violinista, que ya marchaba. Saca unas cuantas monedas y se las da al demandante. La siguiente es mi parada, yo me estoy levantando, pero no puedo dejar de mirarle, ahora ambos de pie. Creo que nota que no le quito ojo admirado, ah, he perdido facultades de repente. Y se sienta, porque ahora hay sitio, en la parada del violinista han salido muchos otros viajeros, el canalillo entre ellos. Su amigo calvo ¿su amigo calvo? permanece en pie.

Bah, soy una sentimental, lo sé, pero bajo del vagón y pongo nombre a mis sentimientos repentinos.

Ahora que lo pienso, podía haber sido futbolista, que son como menos inmigrantes. ¿Los futbolistas van en metro?

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Lo pensó A. a las 00:10 | Enlace a la entrada | 0 Comentarios