26 de abril de 2007
Parroquia

Queda apenas media hora para que el local cierre. No se nota en absoluto. Grupos de jóvenes diferentes, parecidos entre sí, se agolpan en la barra, buscando su turno con cierto orden caótico. Todo son gritos y ganas de emborracharse. El único camarero detrás de la barra reparte copas de un modo casi clerical. No se altera, no se inmuta cuando grita la parroquia, cuando uno de los grupos le increpa, eh, muévete cabrón, que salto la barra. Que te crujo, tío, que me sirvas ya. Ese cubata, tío mierda. Sin embargo, nadie salta, nadie se atreve a cruzar la sacristía del mostrador de bebidas. El camarero tiene ojos pesados de sueño y hastío. Una a una, alza como un cáliz las copas, las rellena y deposita frente al seminario congregado a su espalda. Cobra diligentemente, recita con precisión cinco euros, seis euros cuarenta y cinco, ocho euros cincuenta. El joven que paga recobra la sobriedad mientras busca monedas, que deposita en su mano casi píamente.

Uno de los grupos bailotea a voz en grito, copa en mano. Se agarran en una conga tambaleante. Dos de las chicas ruedan entre carcajadas por el suelo, provocando un caer de copas propias y ajenas. Surgen vivas, olés y coros de todo tipo. Un chaval que no supera demasiado la edad legal para beber ríe y llora la vez, se tropieza, cae sobre las chicas y se marea.
El camarero se acerca al desastre empuñando la fregona como cirio pascual. Se abre el grupo, con reverencia; las voces se diluyen. Limpia vómitos y alcohol, escrupuloso, cual monaguillo curtido en misas interminables, vigilias interminables, semanas santas interminables. Se aproxima algún acólito improvisado, que le acerca pedazos de vidrio rotos. Sin mirarlo, murmura un gracias oratorio, los arrima al montón y aparta a su vez pies y butacas mientras concluye.
Recoge sus instrumentos y vuelve a la trasera de la barra, ampliamente poblada todavía de jóvenes perezosos de acabar la noche. Arrincona fregona, cubo y bayetas y levanta la vista al seminario, qué le pongo, dígame. Mismas letanías de pedidos y pagados, al ritmo de una música acompasada y estridente.

Hay más humo que luz y el ruido impide conversar. Los grupos se aprietan entre sí para verse, tocarse, olerse y comprenderse. Solo el disc jockey parece ajeno a todo y a todos, moviéndose eléctricamente en su garita plástica. A una seña del camarero, un alzar de mano lento, que al bajar compone casi una bendición, el disc jockey obedece fiel y se escucha una antigua balada de los cincuenta. Protestas, insultos, rebeldía. El camarero deniega copas con un rigor místico, imperturbable. Las botellas son ordenadas y reubicadas en estantes. Los vasos, devueltos al fregadero. Resignación parroquiana.
Las luces se encienden para el ceremonial de despedida y cierre. Muchos ojos se abren desconcertados. Hay un intercambio de besos babosos o de saludos más o menos sinceros, de ganas de repetir. Abrazos exagerados por los vapores etílicos, algún grito fuera de lugar todavía. Una minoría que no puede, no quiere salir.
El camarero está bien plantado en el centro del local, brazos caídos a lo largo del cuerpo, aunque firmes, mirada cansada, aunque determinante. Un halo bíblico que por hoy despide del edén a sus feligreses.
Sale el último y el disc jockey recibe su parte. El camarero comienza a ordenar mesas y sillas en el silencio sacramental de la madrugada.

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15 de abril de 2007
Libros buenos que leo
En picado, de Nick Hornby

Hay libros que uno lee de un tirón y otros libros de los que uno disfruta. Este en concreto pertenece a ambos clubs. Por un lado, engancha de tal manera que es difícil dejar de pasar páginas y se lamenta llegar al final, pero al tiempo no es de aquellos que se leen con ansiedad, estilo El código Da Vinci o La sombra del viento, libros ansiosos donde los haya. La diferencia estriba en que al cerrar los últimos, la sensación es (quizá) la de haber pasado un buen rato y por fin a otra cosa, mientras que al cerrar, no ya el libro entero, sino cada uno de los capítulos de En Picado, las palabras de sus personajes nos quedan rondando en la cabeza: no tenemos más opción que rumiarlas para disfrute propio (o para que nos hagan la puñeta).

El punto de partida es cualquier cosa menos banal: cuatro personajes muy distintos entre sí se encuentran en Nochevieja en la azotea de Topper's House en Londres con la misma sana intención de lanzarse al vacío. Lógicamente, se estorban unos a otros. Se podría tachar de situación demasiado artificial o poco verosímil, pero queda claro desde el principio que no es más que un guiño irónico, una mera disculpa para entrar en materia.
En picado se estructura en tres partes como buen drama clásico. Sin embargo, es lo único que tiene de clásico. Los cuatro suicidas prestan su voz y personalidad por turnos, de modo que la novela está escrita en primera persona cuádruple. Estos turnos —tal vez largos en ocasiones— verifican gran maestría en la redacción: cada personaje habla “como es” y tal como redactaría el personaje, así lo hace el autor. Así, cuando nos habla Jess, hija del ministro de Educación (“¿A que se arrepiente de no haberla llevado a una escuela privada?”) y puro caos mental, Hornby recurre —en una doble pirueta dedicada a los lectores y a su propio estilo— a la redacción descuidada, irregular y hasta con errores, de los que la propia Jess se disculpa: “me gustaría saber dónde van los signos de puntuación o lo que sea. Ahora veo un poco para qué sirven”. Maureen, madre de un hijo en estado cuasi vegetal y cuya visita a Topper’s House constituye su primera salida en años, discurre en constantes preguntas sobre lo apropiado de cualquier conducta, ya que no está familiarizada con ningún otro tipo de conducta, salvo la meramente cuidadora. JJ, músico fracasado americano, posee un discurso plano que gira en torno a una sola idea: la disolución de su grupo y por lo tanto, de su propio ser. Martin, presentador de televisión, acaso el personaje más redondo (y menos paródico), utiliza un lenguaje más introspectivo y autocrítico, punteado de constante ironía. Su desgracia, la que le ha llevado a plantearse el suicidio, es también la más finamente satirizada: un “desliz”social con una menor (por pocos meses: dato puesto por el autor más que a propósito) provoca el derrumbe de sus estructuras familiares y sociales. Sin embargo, no le hace perder la fama, incluso la aumenta.
En actitud asociacionista muy sajona —no me puedo imaginar el mismo tipo de reacción si fueran personajes latinos—, los cuatro adquieren el compromiso grupal, cual terapia, de estar pendientes los unos de los otros, con plazo de caducidad y revisión de intenciones.

La novela, como es habitual —y meritorio— en Hornby, invita a reconocer pensamientos y sentimientos propios. No hay que esperar, de todas maneras, fórmulas maestras, ni siquiera conclusiones definitivas sobre ellos. Ni tampoco sobre los personajes. La situación irreal de partida evoluciona en una más que tangible realidad; una, si se quiere, salida del abismo. Pero tan solo uno de los personajes (no revelaré cuál) parece ver una luz definitiva en su caída en picado, un cambio verdadero. Los otros mundos que el resto experimenta, mundos que se mueven, sin que lo parezca, como la noria junto al Támesis que cierra la novela, no siempre aportan algo al propio. Pero todos se mueven.

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13 de abril de 2007
Pelis raras que me gustan
Campamento de verano, de Heather Te Arikinui

(Reseña original escrita para la revista MegaCine)

Sinopsis: Un grupo de ejecutivos adictos al trabajo, acostumbrados al lujo y al desdén, se ven forzados a realizar un curso de reciclaje en habilidades sociales, para lo cual son recluidos en un hotel aislado y apacible, dentro de una reserva nativa.

Pocas veces tenemos ocasión de contemplar en España productos originarios de este país antípoda. El cine neozelandés es tan escasamente conocido en este país que, salvando a la popular Jane Campion (El Piano, Retrato de una dama) y más recientemente, a Peter Jackson (Criaturas celestiales, El señor de los anillos, King Kong), muy pocos directores nativos encuentran nombre y sitio en las listas de éxitos fuera de sus fronteras. Sin embargo, hemos visto paisajes de sus tierras en una de las últimas y más famosas película de aventuras, Las crónicas de Narnia. Y posiblemente se comenzará a citar a esta joven directora de origen maorí, Heather Te Arikinui, como un exponente de la nueva filmografía del país austral.

Secuencia de la películaEl filme, curioso ya desde su guión, no se deja fácilmente clasificar en el género humorístico, aunque su directora nos conduzca en ocasiones a la carcajada abierta. Las peripecias de sus personajes, un extraño grupo de ejecutivos encerrados en un aún más extraño hotel maorí, a medio camino entre las neurosis y las verdaderas enfermedades mentales –tema que la autora y directora roza con demasiada sutileza, sin atacar de lleno las personalidades que dibuja muy pronto-, se nos antojan en ocasiones demasiado agridulces como para ser clasificadas de comedia. El título, que por ser quizá demasiado largo y críptico en la lengua de origen (algo así como Busca enemigos que no te conozcan desde niño) ha sido vertido al español simplemente como ese soso Campamento de Verano, conduce al espectador a la falsa percepción de cine ligero de aventuras, entretenimiento veraniego, algo que la historia pronto contradice. Los hechos amargos que se suceden, rondando la segunda mitad del metraje, incluyen escenas arriesgadas y espinosas para una comedia, como el suicidio de uno de los protagonistas, que sin embargo pronto es obviado en el devenir del argumento, hilado con puntadas maestras a partir precisamente de este giro narrativo. Los actores, todos ellos noveles y muy jóvenes (tal vez reprochable la adjudicación de papeles de ejecutivos poderosos a actores casi veinteañeros), destacan de manera definitiva en su actuación coral, más que escogidos separadamente. La atmósfera es a ratos relajada, principalmente en la primera hora; en ocasiones tensa y hasta desagradable –la directora pertenece a esa generación que se ha criado desayunando gore- y en otros momentos, francamente divertida, amable y hasta filosófica.

La trama argumental se permite ciertas trampas narrativas, que en ocasiones dejan entrever el desenlace de la secuencia. Sin embargo, el desliz se deja perdonar, por la originalidad con que están rodadas muchas de ellas. Sirva como ejemplo la llegada en barco a la isla: ya desde el principio adivinamos que va a terminar en naufragio, -los ejecutivos navegantes resultan absolutamente patosos, sin disimulos- pero la curiosa perspectiva contrapicada del mástil proporciona disfrute por sí sola.
Memorable la discusión de uno de los protagonistas con el jefe maorí de la reserva, para que éste permita al personal del hotel hacer una hoguera en la playa, secuencia cargada de referencias a la cultura ancestral de Nueva Zelanda, y de ironías sobre el bien pertrechado sistema capitalista de obtención de bienes. Unas y otras situaciones conducen a que el estado de ánimo del espectador, acorde con el de los personajes, pase por diversas fases durante el visionado, de modo que es posible salir agotado del cine llevándose a casa sensaciones variopintas y que sin duda van a suscitar debate.
En definitiva, una propuesta sorprendente y original, adecuada para disfrutar en grupo, de una directora que dará que hablar en festivales y foros de cine.

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Lo pensó A. a las 16:22 | Enlace a la entrada | 4 Comentarios