5 de julio de 2007
Verano, helados, tropiezos
Es verano, definitivamente. Tengo un comunicado que hacer al respecto: detesto los tropezones, en cualquier textura, sabor o sustancia a la que se agreguen. Me parece malvado que estén de moda los yogures con trocitos de fruta sintética masticable, mi mermelada favorita es la gelatina pura, sin pedazos visibles ni semillas de ningún tipo y sufro porque en las heladerías ya no hay helado de chocolate que no contenga pepitas de grasa oscura que saben a margarina, porciones de sucedáneo de galleta americana o cualquier otro tipo de relleno flotante, creado únicamente para ahorrar crema de helado de chocolate liso, como toda la santa vida.

Los tropezones en las venas se llaman trombos y matan. Los tropezones en el tráfico rodado se llaman atascos y ponen de fatal humor. Salvando los de las croquetas de jamón, los tropezones incordian infinitamente. Ocurre lo siguiente: en las croquetas, los tropezones de jamón son la esencia misma de la croqueta. Se trata de comer trozos de jamón envueltos agradablemente. Sin embargo cuando quiero un helado, o un yogur, quiero esa textura cremosa y agradable que puedo tragar sin esfuerzo alguno, ¿a quién se le ocurre ponerse a masticar un helado, un yogur, mermelada? ¿Dónde está el sentido de los zumos con pulpa? ¿No existen ya las tabletas de chocolate, la fruta en pieza, las galletas, si apetecen estas variedades sólidas? ¡Que manía con molestar, estorbar, incomodar al personal, transformar experiencias deglutidoras agradables en carreras de obstáculos! El día que -y seguro que lo verán nuestros ojos, o nuestros hijos- la horchata la hagan con tropezones de chufa, ese día emigraré a Japón. No creo que el sake tenga jamás trocitos de nada flotando. Los japoneses son muy elegantes.

Opino que la siniestra moda del añadido gratuito e insulso se debe a motivos estéticos. La moda de lo recargado ha ganado el pulso por goleada al minimal art y en cada túnica estridente neohippy campan por sus respetos cachemires y faunaflora silvestre varia. Maletas, carritos de bebé, globos y otros objetos lisos de toda la vida comienzan a fabricarse estampados diversamente. Nada en contra. Son objetos de enseñar por ahí, objetos de presumir de gusto postmoderno. Pero hombre, yo lo que quiero con un helado es comérmelo. No quiero un efecto artístico, ni que se combine con estilo contra mis pecas o mi camiseta de Desigual. Quiero disfrutar y no luchar contra él. Quiero su sustancia, su esencia, lo quiero PURO, sin mácula. Quiero mi helado de chocolate LISO y creo que ya no existen: es una tragedia.









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2 Comentarios:


  • At 11:12 p. m., Anonymous Anónimo

    Salve!:

    Yo creo que eso de los tropezones va por barrios, como todo. A mí me encantan unos tropezones de pan frito en el pure de verduras (poquitos, que engordan y tal), como me gustan los tropezoncitos de pan, de pimiento, de pepino en el gazpacho andalú. Yo me pirro por las migas, que son el tropezón quintaesenciado. Me revienta en cambio tropezarme con el personal cuando estoy en algún sitio de este santo pueblo de cien mil almas; más que nada porque sé que no me puedo emborrachar o hacer un poco el gamberro en ningún sitio sin que a las pocas horas el dichoso tropezado haga correr la noticia como la pólvora entre amigos y enemigos. Lo cual impide además que en una de esas ocasiones me abandone a un tropiezo inevitable con algún miembro del sexo opuesto (y éste sí sería un tropiezo sugerente). Bueno, y ciertamente a mí tampoco me hacen especial ilusión los tropezones de galleta en el helado ni de pulpa en los zumos. Sin embargo no estoy de acuerdo con que eso sea la decoración neobarroca de la posmodernidad. No, puede que sea de todos modos posmoderno, pero es más bien el simulacro (diría el difunto Baudrillard) de la pureza. La pulpa falsa y el chocolate en grano espurio son la representación de lo natural, la sustitución sin referente de lo real; que se lo pregunten al Adriá ese, o sea.

    Plantéate -dicho sea sin ánimo de ofensa- si no será que eres tú quien escoge inadvertidamente los locales expendedores del helado posmoderno. Por lo menos, aquí, en mi pueblo, el Eiscafe Riva te sirve todavía (y con espátula) un estupendo helado de chocolate... sin más.

    Por otra parte, me da algo de dentera ese purismo. Si no me gustan los tropezones, tampoco soy amigo de los sabores siempre puros en el helado. Tuve la suerte de estar en Madrid el año pasado cuando se celebró por primera vez la noche en blanco (ya la había conocido, más o menos por casualidad, en París). En el patio del Conde Duque nos dieron a degustar un helado definido (habría casi que decir descrito) como el sabor del sandwich que te tomas de madrugada cuando sales de marcha y te viene la hambruna de repente. No era realmente comestible, pero sí original y absolutamente logrado y, por supuesto, híbrido por naturaleza.

    Por supuesto, estás invitada desde ahora mismo a medio litro de chocolate sin raspitas en el Riva. Que conste.

    Saludos,

    El Exiliado

     
  • At 12:36 a. m., Blogger A.

    Querido Exiliado, los tropezones de los gazpachos los sirven resecos en casi todas partes. Los picatostes grasientos y las migas, frías. Si al menos uno pudiera escoger los tropezones y tropiezos que le gustaría añadir a cada sustancia en cada momento... qué distinto sería, ¿eh? :-)
    Besos y apunto la invitación.